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El pupitre. Juan José Millás

Abundan en la escuela privada y concertada los colegios religiosos con un ideario conservador, incluso ultraconservador, pero no existe esta oferta educativa equivalente desde el lado del progreso. La izquierda se ha quedado muda. En un centro escolar que pasa por ser uno de los más liberales de Madrid, un niño fue obligado a retirar el curso pasado un cartel en contra de la guerra de Irak con el argumento de que podía herir la sensibilidad de los compañeros que estuvieran a favor de ella. Espeluznante, pero cierto. Los colegios privados laicos siguen colocando en sus folletos una ensalada de adjetivos que suenan bien, pero, salvando excepciones, su única preocupación, por no decir su único ideario, es la cuenta de resultados.

Esta carencia educativa, que suple de manera espontánea la escuela pública, tiene su reflejo en la actividad política, pues más que auténticas alternativas al pensamiento único, lo que escuchamos son variaciones sobre el mismo tema. La afasia es tal que el PSOE ha tenido que subcontratar la confección de su programa económico a un señor que pasaba por allí, y que Romero de Tejada ha salvado su silla en Caja Madrid gracias a los votos de IU o de CC OO. El hecho de que la izquierda muestre tanto pánico como la derecha al estallido de la burbuja inmobiliaria, cuando lo decente es que estalle de una vez arruinando a quienes han especulado con un bien de primera necesidad, da una idea de la magnitud del desastre.

Sin embargo, nunca ha habido tantas razones para disentir del modelo de realidad en curso. Jamás la riqueza ni la justicia ni la salud ni la educación ni la contaminación atmosférica estuvieron tan mal repartidas. Lo único que de verdad se ha globalizado, aparte de la explotación y la codicia, es la ceguera. Sólo nos queda esperar, en fin, que en el pupitre de la escuela pública haya hoy un chico o una chica que al quitarse las legañas se le caigan también las cataratas y diga lo que ha visto con tal fuerza que no tengamos más remedio que escucharlo. No sé si tardará diez o veinte años en hablar, pero llegado este día, si aún vivimos, dispondrá de nuestra pluma y nuestro hombro para cambiar las reglas del juego, incluso cambiar el juego. Entretando, sálvese quien pueda.

EL PAIS; 3-X-2003

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