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El píloro. Juan José Millás

La máxima de que no hay venenos, sino dosis, se puede aplicar indistintamente a las sustancias químicas y a las obsesiones. Un grado pequeño de obsesión no viene mal, incluso puede resultar beneficioso. En todas las familias debería haber alguien que cerrara la llave del gas dos veces antes de irse a la cama, pues con una no basta (vean, si no, la cantidad de accidentes). Tampoco sobra cultivar unas porciones homeopáticas de paranoia. El delirio de persecución, si no adquiere las proporciones patológicas del nacionalismo, te empuja hacia delante, o hacia la izquierda (depende de por dónde te persigan). Los escritores lo utilizamos mucho para justificar nuestros fracasos, detrás de los cuales siempre hay una mano negra (el poder político, la crítica, los editores, la mediocridad ambiental, etcétera) empeñada en amargarnos la vida.

El fin de semana pasado miles de personas protestaron en Valencia por la persecución de que es víctima la familia tradicional española. Dado que el Libro de Familia es un éxito de ventas no superado por el Quijote y la Divina comedia juntos, resulta evidente que la familia goza de muy buena salud. Pero no pasa nada. Imaginar que estamos rodeados de enemigos (como la patria, por cierto) empeñados en que nos divorciemos, no hace daño a nadie y estimula la creación de mecanismos de defensa, por si acaso. De hecho, nos alimentamos de las amenazas irreales tanto como de las reales, incluso más. Manifestarse a favor de la familia es como manifestarse a favor del hígado o el páncreas, pero si nos llena de adrenalina, de ganas de vivir, de euforia, adelante, manifestémonos.

El problema surge cuando el grado de paranoia se dispara. Una joven asistente a la concentración aseguró en la radio que Dios aborrece a los homosexuales porque son asquerosos. A esto nos referimos. Mientras te persigan entidades abstractas como las que persiguen a los escritores, todo está controlado. El problema estalla cuando la culpa de lo que te ocurre la tienen los homosexuales, porque entonces hay que meterlos en la cárcel, que es lo que hacían la Iglesia y el Ejército (curiosa asociación) hasta hace poco. Por lo demás, estamos de acuerdo con el Papa. ¡Viva la familia! ¡Y el píloro!

EL PAIS, 14-VII-2006

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