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El pecho. Juan José Millás

La imagen de Fraga Iribarne alicatando el pecho de Cascos con medallas pone los pelos de punta al homo sapiens más templado. El problema de alcanzar el estatuto de homo sapiens es el horror que conlleva saber de dónde vienes y reconocer tus orígenes en el comportamiento de algunos animales. Intenten imaginar una conversación entre Fraga y Cascos mientras dan cuenta de un cervatillo abatido a puñetazos por cualquiera de los dos, y comprobarán lo difícil que resulta atribuirles un diálogo.. Diós mio, pensar que ha habido una época en la que todos éramos así... Y también una época en la que Fraga era el perro de presa de un homínido (y de Diós, por cierto) arrancaba los teléfonos de la paredes y encarcelaba a quien le caía mal y asistía a consejos de ministros en los que se jugaban a las cartas la vida de las personas decentes...

Quizás sea bueno que exístan Fraga y Cascos y que se pongan medallas e intercambien gruñidos de satisfacción para conmemorar asuntos tales como que durante el hundimiento del Prestige uno estaba de caza y el otro de pesca. Sus risotadas son un museo vivo de la memoria. El problema de los libros de historia es que a veces están desconectados de la vida. Pero aquí pones el telediario y la realidad ilustra a la historia con una fidelidad sorprendente. A Fraga y a Cascos habría que buscarles un Prestige semanal para retransmitir el acto de condecoración en horario infantil y que los niños vieran lo fácil que es caer en la barbarie de la que procedemos. Sería el promer programa basura educativo de la tele.

Dirán ustedes que de dónde sacamos tantas medallas. Yo las pago. No hay medalla que valga más de dos céntimos porque son todas de metales tristes pintados de amarillo. Su valor simbólico, en cambio, no tiene precio. Hay gente que necesita llevar el uniforme forrado de condecoraciones para ocultar detrás de ellas un torso de primate. Una de las personas con el tórax más laureado del muno es Pinochet, ya ven qué clase de bestia. Y Fidel castro, ya ven qúe clase de mono. No hay espectáculo más triste, pero tampoco más didáctico, que el de un gorila condecorando a otro.

EL PAIS, 25-VII-2003

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