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El “mandao”. Juan José Millás

Mientras Bush y Blair, las cabezas pensantes, por decir algo, del Trío de las Azores, se debaten para explicar a la opinión pública de sus países por qué mintieron en relación a las armas de destrucción masiva, Aznar ha resuelto el expediente asegurando que él era un mandao. Esto es lo que pasa cuando en vez de comprar una moto en un concesionario como Dios manda, se la compras a un trilero: que si no funciona, te dirá que se lo cuentes al fabricante, pues él no es más que un intermediario. Y si le recuerdas que al vendértela te miró con franqueza a los ojos y te dijo "créame, le estoy diciendo la verdad, es una buena máquina, se lo aseguro", te responderá que se trataba de una mentira del fabricante.

Asegura Aznar que él no hizo otra cosa que transpasarnos las mentiras que la CIA le había contado a él porque llevaba en el culo el sello made in USA. Dice que le pidamos cuentas al fabricante, como si resultara fácil acercarse a Bush para que nos proporcione las explicaciones que el vendedor de motos se niega a satisfacer. Por lo visto, la deslocación no sólo afecta a las fábricas de televisores, sino que a las de patrañas. Las mentiras made in Spain, además de ser de mala calidad, salen por un ojo de la cara. La que montó Trillo, por ejemplo, para explicar el accidente del Yak-42 no aguantó ni 24 horas, lo que le obligó a crear otra batería de ficciones, cada una de las cuales tapaba los defectos de las anteriores. Lo que se podía haber resulto desde el principio con una trola de calidad nos ha obligado a una producción en masa que al final tampoco ha servido para nada, pues las denuncias no cesan.

Y eso que en el Yak-42 sólo murieron 63 personas. No queremos ni imaginar qué hubiera ocurrido de haber muerto 10.000, como en Irak. Por eso resulta tan útil la coartada de que uno no es más que un intermediario. Me pregunto si Aznar se despuerta algunos días en medio de la noche y si se le aparecen los militares españoles muertos o los civiles iraquíes rotos por los bombardeos de los B-52, a los que él y su ministra de Exteriores se apuntaron con una pasión venéra incomprensible. También me pregunto si a ellos, como a nosotros, les dice que él no es más que un mandao.

EL PAIS, 5-II-2004

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