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El hurón. Juan José Millás

El tren fue en tiempos el juguete favorito de niños y mayores. Después del 6 de enero, los pasillos de muchos hogares continuaban todavía recorridos por las vías a escala sobre las que circulaba un convoy que daba la vuelta en el salón, se introducía en la cocina y hacía una parada en la puerta del cuarto de baño. El juguete incluía una gorra de jefe de estación que los padres disputaban a los hijos, porque a todo el mundo le gusta dar órdenes y tocar el pito. Europa nos recuerda ahora a aquellas casas, sólo que por sus pasillos se mueven trenes de verdad llenos hasta arriba de desesperación, colmados de estómagos hambrientos. El estómago es una fiera con la que hay que negociar todos los días. Para que esa negociación llegue a buen término, es preciso tener algo que echarse a la boca. Pero si el estómago de los adultos es un lobo, el de los bebés es un hurón capaz de recorrer todos los conductos digestivos en busca de cualquier cosa que digerir, aunque sea el propio intestino. De ahí su llanto insufrible cuando les alcanza el hambre. Seguir leyendo.

EL PAIS, 18-IX-2015

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