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El escalafón. Juan José Millás

Ser el segundo en un mundo donde no hay primeros significa que no eres nadie, que el mundo se ha roto y tú con él. Gutiérrez Mellado fue un perfecto segundo del topo Adolfo Suárez; Guerra, un segundo a la medida del césar González; Miguel Ángel Rodríguez, un gregario inigualable del acomplejado Aznar… ¿Pero se puede ser un segundo de Rajoy, un segundo de Mato, un segundo de Wert, un segundo de Báñez, un segundo de Cospedal, incluso un segundo de Soraya Sáenz de Santamaría? No. De hecho, no sabemos quién está detrás de la vicepresidenta, que no es, a su vez, la segunda de Rajoy, sino una especie de primera bis especializada en la rueda de prensa de los viernes. ¿Acaso se puede ser el segundo de Rubalcaba? Para nada. A estas alturas estarías limpiando parabrisas en los semáforos. Se puede ser Jung cuando existe Freud; Platón cuando existe Sócrates; Truman Capote cuando existe Norman Mailer; Zacarías cuando existe Jeremías; Luzbel cuando existe Yahvé… La desaparición de la primera línea no significa el ascenso de la segunda, sino su extinción. Imposible alcanzar la categoría de Engels sin Marx, de virrey sin rey, de yerno sin suegro, de subsecretario sin secretario… Sin el número uno, el sistema decimal se va al carajo. Y eso es lo que nos pasa, que nos hemos ido al carajo porque no hay Dios ni presidente del Gobierno ni oposición política, porque no hay Freud, ni Sócrates, ni Norman Mailer, ni Jeremías, ni jefe de obra, ni director de proyecto, porque todo ha devenido en una masa amorfa en la que mantenemos por inercia costumbres de otro tiempo completamente absurdas en este. Sin embargo, desde las ruinas del edificio, sacudiéndonos el polvo del cemento, contemplamos con fascinación a un grupo de pequeños diablos que sonríen de oreja a oreja, convencidos, pobres, de que el escalafón, con este lío, corre a su favor.

EL PAIS, 14-VI-2013

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