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Dos frentes. Juan José Millás

Lo último que se le ha ocurrido a Rodríguez Zapatero es hacer desde Venezuela, y en compañía de otros tres indocumentados como él, unas declaraciones contra el terrorismo y el hambre que no parecen meras formulaciones retóricas. Estos locos ignoran el papel estabilizador de ambas lacras en la economía del mundo. Alguien debería explicárselo antes de que pasen de las palabras a los hechos. De momento, han osado ponerlo por escrito en un papel en el que se comprometen a combatir el terrorismo "con estricto apego al derecho internacional y a las normas de protección de los derechos humanos". Como suena. No pueden ocultar que están en contra de la tortura, quizá también de las detenciones ilegales, y a favor, ¡válgame Dios!, del hábeas corpus. Pero, hombres de Dios, si hasta el más prestigioso politólogo de Harvard ha reconocido ya la eficacia de la picana en la recogida de información.

Hay que pararlos. Hay que parar, sobre todo, y por lo que nos toca, a Zapatero. Y conviene hacerlo desde dos frentes que, aunque parezcan intelectualmente incompatibles, a la larga resultarán complementarios. Si en algo tenemos experiencia es en engañar a los votantes. Tachemos pues, de un lado, a Rodríguez Zapatero de ingenuo incorregible; de pacifista idiota; de adolescente tontorrón; de idealista ciego a las limitaciones de la realidad y de los mercados. Convenzamos al contribuyente de que no hay nada más peligroso para nuestro proyecto económico, social e histórico, que esa especie de candidez bobalicona con la que se presenta en las cancillerías, en los mítines y en los consejos de ministros.

Pero al mismo tiempo, y desde el segundo frente, llevemos al ánimo de los ciudadanos la idea de que es un monstruo de maldad; una inteligencia calculadora; un perverso que se alió sin perder la sonrisa con los mismísimos terroristas del 11-M para realizar el atentado con el que conquistó el poder. No es que sea el autor intelectual de la matanza, no, es que él mismo colocó las bombas. ¿Dónde estaba, por cierto, aquel día? ¿Se ha verificado adecuadamente su coartada? Si no lo hacemos caer por tonto, en fin, lo haremos caer por listo. Y si nos falla todo, contratamos de nuevo a Ansón.

EL PAIS, 1-IV-2004

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