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Diario. Juan José Millás

Mi marido le regaló a mi hijo un recipiente de plástico con una islita, también de plástico, en cuyo centro se yergue una palmera de plástico. Lo lógico es que en su interior viviera una tortuga de plástico, pero vive una de verdad. Cuando mi hijo se va al colegio, le cambio el agua y la observo nadar. Tras el ejercicio, se sube a la isla, se coloca debajo de la palmera y extiende el cuello y las patas como si estuviera tomando el sol del Caribe, aunque la habitación de mi hijo es muy oscura. La muy tonta no se ha dado cuenta de que todo lo que le rodea es de mentira. "¿Pero por qué no te cortas las venas?", le pregunto yo imaginando lo horrible que tiene que ser el paisaje que se ve desde la isla de plástico, incluida mi cara, que a esas horas parece la de una muerta.

Pero no se cortas las venas. Lleva con nosotros tres años y ha sobrevivido a suplicios que me dan vergüenza relatar. Ello pese a que la trato como me gustaria que me tratasen a mí si fuera un galápago. Estos primeros días de frío, por ejemplo, le pongo el agua a la temperatura del Caribe (nunca he estado allí, pero me lo imagino) y de vez en cuando, en lugar de la típica comida de tortuga, le hecho carne picada, que le gusta con locura. Lo de la carne picada lo descubrí por casualidad, un día que estaba haciendo albóndigas y me la llevé a la cocina para tener un poco de compañia. La verdad es que, aunque por un lado da gusto ver cómo se la come, por otro da miedo. La otra noche me desperté y fui al cuarto de mi hijo para comprobar que él estaba entero y ella dormida.

El jueves, mientras preparaba uno de los primeros cocidos de la temporada, me vi separando instintivamente un otroz de carne de morcillo para el bicho y me pregunté por qué me había identificado con él de esa manera. Al principio no encontré respuesta, pero luego, al asomarme al patio para tender la ropa y ver el panorama, me di cuenta de que yo también vivía en un recipiente artificial tan siniestro como el de la tortuga. Se me puso un nudo de angustia aquí y me pregunté por qué no me cortaba yo las venas. "Porque nadie se las corta, imbécil", dijo la tortuga desde su islita de plástico, con su pico de loro. Supongo que sería una alucinación.

EL PAIS, 7-XI-2003

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