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Diálogos. Juan José Millás

Supongamos que usted es escritor y que se la ha ocurrido una trama novelesca idéntica a la vivida por el PP durante las semanas pasadas a propósito de las desavenencias entre Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre. Imaginemos que está usted a punto de relatar el encuentro entre los dos personajes en el desfile militar del doce de octubre. Supongamos que tras describir la disposición de las autoridades en la tribuna de invitados, cuenta que Esperanza Aguirre se dirige a Gallardón y le dice:
-Alberto, hijo, has vuelto a meter la pata. Con lo bien que estabas calladito.

En ese instante, y por poco sentido autocrítico que tuviera usted, se habría dado cuenta de que no se puede iniciar un diálogo de ese modo. Es posible que en la vida real las personas se expresen así, pero en las novelas están obligadas a comportarse. Ello no quiere decir que sean redichas, campanudas o pedantes, sino que tienen que hablar de forma inteligente y verosímil a la vez. Cuando a Juan Rulfo le preguntaron si se había dedicado a grabar en el magnetófono a las personas de la calle para reproducir luego literalmente esos diálogos en sus cuentos, respondió que no, que la gente de la calle no hablaba como los personajes de sus relatos, pero que su obligación como escritor era hacer creer al lector que sí.

Es cierto. La gente no dice cosas interesantes cuando conversa. Ni los personajes de Gran Hermano, que se saben expiados las 24 horas de día por la audiencia, y que en cierto modo hablan para ella, consiguen levantar un diálogo más o menos sugestivo. Cada vez que abren la boca no hacen otra cosa que repetir lugares comunes, como si un ventrílocuo vulgar colocara las palabras en esos labios que ellos se limitan a mover. Lo peor de la crisis del PP ha sido comprobar que personas con estudios y responsabilidades tan altas como Esperanza Aguirre se expresan como cualquier hijo de vecino. Los periódicos nos ahorraron la respuesta de Gallardón, que debió limitarse a decir algo así como: "Pues anda que tú". Por eso, en cine, un buen dialoguista no tiene precio.

La opinión de Zamora, 19-X-2004

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