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Deuda y colesterol. Juan José Millás

Con frecuencia, se mide la prosperidad de un país, de una empresa o de una familia por su capacidad de endeudamiento. El problema es que esa unidad también sirve para medir su grado de pobreza. De hecho, uno de los mayores dramas de los países del Tercer Mundo es su deuda externa. Están empeñados hasta las cejas, pero son pobres, al contrario que la ciudad de Nueva York, por citar un ejemplo cualquiera, que, debiendo también más dinero del que podemos imaginar, es rica. Quizá, del mismo modo que hay un colesterol bueno y un colesterol malo, haya una deuda buena y otra mala, pero no nos han enseñado a distinguirlas. Por lo que a un servidor respecta, tengo alto el colesterol malo por razones de orden genético, más que de dieta alimenticia. En cuanto a las deudas, huyo de ellas como de la peste porque, también por razones genéticas, me sientan mal.

Recuerdo como hoy el día en el que comenzó en España la venta a plazos. Parecía un chollo. Desprendiéndote de una pequeña cantidad de tu salario podías acceder al televisor de tus sueños, a la lavadora de tus sueños, al viaje de tus sueños. Nunca se podía acceder directamente a los sueños; al contrario, los plazos te dejaban insomne, pero la gente estaba deseando acabar de pagar el coche para comprar otro trasto. No se podía vivir sin plazos como no se podía vivir sin pan. Cada mes, puntualmente, se presentaba un señor de negro en casa para cobrar la letra del lavavajillas, del colchón anatómico o de la tumba, pues también la última morada se pagaba de este modo.

A mis padres los mataron los plazos. Puedo certificar, en fin, que su capacidad de endeudamiento les hizo más daño que el colesterol malo. Acabo de leer que cada español debe a bancos y cajas una cantidad media de 20.486 euros, lo que me parece una barbaridad. Es probable que los economistas lo interpreten como un síntoma de salud económica, pero si hubiera una ciencia que explicara las relaciones entre los pagos aplazados y la salud física y mental de los individuos, ahora mismo estarían, como yo, espantados. Hagan algo para rebajarnos ese colesterol.

La opinión de Zamora, 21-IX-2004

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