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Desvaríos. Juan José Millás

Ahora debo procurar no morirme, se dijo el anciano escritor tras recibir el Nobel. Procurar no morirse, se entiende, como se procura no coger frío, un propósito modesto, en fin, para no caer en dramatismos. Empezó a procurarlo al día siguiente de regresar de Estocolmo y a los 15 días estaba agotado porque procurar no morirse se parecía mucho a la muerte. Empiezas evitando las cornisas y acabas por recluirte en casa. Y también el hogar está lleno de peligros: el gas, los cortocircuitos eléctricos, la intoxicación alimentaria… Pero se había fijado un objetivo y estaba dispuesto a realizarlo.

Así, mal que bien, fue viviendo para disfrutar de los beneficios de la fama, que durante tanto tiempo, juzgaba él, le había sido esquiva. Un día, ya muy mayor y un poco deprimido, se preguntó si debía procurar morirse. Procurar morirse como se procura mantener, por ejemplo, la higiene dental. Como un proyecto sencillo, pero al que se dedican todas las energías disponibles. A veces, estaba tan absorto en morirse, que sus hijos le preguntaban si le ocurría algo. “Estoy procurando morirme”, decía él con naturalidad, lo que ellos interpretaban como un desvarío senil. Sin embargo, jamás había estado tan lúcido. Cuando evocaba los días del Nobel y su loco propósito de sobrevivir para disfrutar de los fuegos artificiales consecuentes, se preguntaba si no habría hecho, sin darse cuenta, un pacto con el diablo.

Dejó de escribir, en la confianza de que eso acelerara el final. Después dejó de leer. Un lunes, sin procurarlo, le entró la sopa por mal sitio y se asfixió. Mientras expiraba, se vio a sí mismo de pequeño, saliendo de casa hacia la escuela un día de lluvia. Su madre, desde el portal, le decía: “Procura no mojarte”.

EL PAIS, 06-II-2015

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