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Desaplausos. Juan José Millás

Había en mi barrio un loquito que aplaudía sin ton ni son: a las merluzas, por ejemplo, a las criadillas, a los callos, a la mortadela, a las verduras y legumbres en general. Un lunes estuvo aplaudiendo siete horas seguidas a un semáforo. Hubo que hospitalizarlo con los dedos hinchados como morcillas y las palmas de las manos tumefactas. No hacía otra cosa y, aun así, le faltaban horas para aplaudir a todo lo que consideraba plausible. Lo llamábamos equivocadamente El Aplaudidor porque en realidad, según nos explicó el profesor de francés, un estructuralista avant la lettre,era un desaplaudidor. ¿Y qué debíamos entender por desaplaudidor? Aquel o aquellos que aplauden con un fervor absurdo: pongamos un grupo de seiscientas personas aplaudiendo a un pollo sin cabeza. Si te encuentras ante semejante espectáculo, pon todos tus sentidos en estado de alerta porque esa forma de encomiar es una manera fraudulenta de desencomiar. Algo se oculta bajo un ardor tan ilógico. Seguir leyendo.

EL PAIS, 10-IV-2015

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