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Cristaleros. Juan José Millás

La historia de Kándido Azpiazu se ha convertido en un clásico porque parece difícil acumular tanta degradación, tanta ignominia, tanta brutalidad, pero también tanto matonismo, en un solo individuo. Este sujeto, ya lo saben ustedes, asesinó fríamente a un hombre (que para más inri le había salvado la vida) y al salir de la cárcel puso una cristalería en los bajos del edificio donde vive la viuda de su víctima. Parece la historia de la humanidad resumida en siete líneas. Y es que el mundo está lleno, en efecto, de cristaleros a quienes, con una frecuencia preocupante, aplaudimos, votamos, apoyamos, justificamos, protegemos. Tienen derecho, bla, bla, bla, a rehacer sus vidas, bla, bla, bla, bla. Qué intolerantes son las víctimas, exclaman los pobres, protegidos cobardemente tras la seguridad de que éstas jamás emplearán sus métodos.

Fíjense en la Bachelet, huérfana de un hombre asesinado y ella misma torturada por algunos de los militares de los que luego fue una ministra cabal. Su cristalero vivía en el piso de abajo, a veces coincidían en las escaleras. El cristalero cuenta con la decencia de la víctima. Si la víctima fuera como él, se iría con la música a otra parte. Nosotros mismos, y como consecuencia de aquella Ley de Punto Final a la que otros llaman Transición, tuvimos que aguantar que en un Parlamento democrático se sentaran más de uno y más de dos cristaleros pertenecientes a una banda armada que había hecho lo que las bandas armadas: asesinar, extorsionar, torturar, robar... Al más gritón de aquellos cristaleros le han hecho ahora un hueco en el Senado con el aplauso de sus cómplices, pero también de sus víctimas. Un caso de reinserción ejemplar.

Aunque, para cristalero masivo, Dios. Ha producido más muertos, más guerras y más infelicidad a lo largo de la historia que la suma de todas las catástrofes naturales de las que tenemos recuerdo. Y ahí está, ahí está, en la parroquia de la esquina, a dos pasos de la panadería, felizmente desactivado entre nosotros, pero todavía muy virulento en otros ámbitos. "Al menos dos mujeres muertas por sus parejas en 24 horas", reza un titular de un día cualquiera. Hay cristaleros a los que hacemos un hueco en la cama.

EL PAIS, 10-II-2006

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