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Cosas raras. Juan José Millás

¿Usted ha visto algo más curioso que la respiración pulmonar, la digestión de los alimentos, la reproducción por esporas, el ayuntamiento carnal, el mercado de divisas o la aparición de piedras en el riñón?¿Usted se atrevería a decir que la transformación de un gusano en mariposa es normal, incluso aunque haya hecho unos ejercicios espirituales en el interior de un capullo? ¿A usted no le parece que la culpa, la tristeza, la euforia, la ambición o el deseo son fenómenos absolutamente singulares e inexplicables desde cualquier punto de vista que se estudien? ¿Usted ha pensado a fondo en la rareza de los colegios profesionales, de las asociaciones religiosas, las casas regionales, el generalato, la masonería, la Bolsa, el círculo de empresarios, la cámara de comercio o los tradicionales lazos de amistad entre los pueblos que se odian?

¿A usted no le sorprende el ejercicio de abrocharse la camisa cada día? ¿No le parece sospechoso que el mundo esté lleno de subsecretarios y directores generales? ¿Es que no teníamos suficientes complicaciones con la próstata, la función clorofílica, la progénesis, el trueque, la franqueza, la descomposición de la materia orgánica, la relatividad o el generalato? ¿Para qué el día y la noche y el verano y el invierno y la Semana Santa y la estación seca o de las lluvias? Allá donde mires, no dejan de brotar cosas raras, inexplicables, fantásticas. Piensen en los cajeros automáticos, en la filatelia, en las soluciones habitacionales, el ajedrez, los gases lacrimógenos, la novela histórica, la poesía de la experiencia, el envasado al vacío, el jamón de pata negra, la teología o la contabilidad.

¿Necesitamos de verdad emociones más fuertes? ¿Es que no nos dan bastantes satisfacciones la flora intestinal o la Dirección General de Asuntos Religiosos? Pues parece que no, que no prodríamos vivir, de hecho, sin las caras de Bélmez, que, comparadas con la anglofobia o el secretariado, son de una vulgaridad insoportable. ¿Acaso presumimos usted y yo de nuestros eczemas, de nuestras manchas cutáneas, de nuestras erupciones? ¿Vale menos una callosidad mía que uno de esos rostros insulsos? Pues que me expliquen a mi de una vez por qué o que se callen para siempre.

EL PAIS, 16-VII-2004

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