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Cosas raras. Juan José Millás

Imagine que va usted a Sevilla y no la encuentra. Lo lógico es que dude de usted, no de Sevilla. Una ciudad tan grande no puede desaparecer así como así. Pero suponga que ocurre, póngase en ínterin, como diría Gil y Gil. Póngase usted en el ínterin de que al llegar a la frontera de Sevilla tiene que pegar un frenazo para no caer al vacío. Pero, coño, dónde está Sevilla, le dice a su mujer, que dormita en el asiento de al lado. La habrás dejado en cualquier parte. Un día pierdes la cabeza. A ver si has cogido el mapa del revés.

Mi madre rezaba siete padrenuestros seguidos cuando perdía el dedal, pero siempre encontraba otra cosa. De modo que si recurre usted a este método, en vez de Sevilla, podría aparecer Pontevedra, lo que le sumiría sin duda en el desconcierto. Quiere decirse que nos gusta que las cosas estén en su lugar, lo que no deja de ser una fantasía loca. Un día, me levanté a la tres de la madrugada, en mi propia casa, y el cuarto de baño, que habitualmente está a la derecha del pasillo, se encontraba a la izquierda. Aparenté que me parecía normal y cuando se hizo de día había regresado a su sitio. En otra ocasión, también de noche, entré en la habitación de mi hija y al inclinarme para darle un beso descubrí que no era mi hija, era otra que por alguna razón había ocupado su cama. Hice también como que no me había dado cuenta y espere a ver qué pasaba en el desayuno. Y lo que pasó es que apareció mi hija verdadera. El mundo está lleno de misterios a los que no prestamos atención porque si les prestáramos atención nos volveríamos locos.

Viene todo esto a cuento de que el otro día entré en Internet y no había Internet. Busqué desesperadamente las páginas por las que navego habitualmente y no estaba ninguna en su sitio ni fuera de su sitio. Sentí el mismo pánico de usted al ver que había desaparecido Sevilla, pero como tengo experiencia en este tipo de situaciones raras, procuré disimular. Hice como que no pasaba nada y al día siguiente me enteré, por los periódicos, de que España había desaparecido, en efecto, del mundo virtual durante dos horas. Se lo enseñé a mi mujer, para demostrarle que lo de Sevilla es perfectamente posible, pero no quiso escucharme. Es muy incrédula.

EL PAIS, 01-IX-2006

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