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Comunidad de vecinos. Juan José Millás

La revelación de que Bush invadió Irak obedeciendo órdenes directas de Dios no nos han producido, pese a su espectacularidad, ni frío ni calor. Después de todo, si Dios decidiera dirigirse a los hombres, lo normal es que lo hiciera a través del que más manda. Podría hacerlo también a través del alcalde de un pueblo de cien habitantes, o del portero de una finca urbana, pero quién iba a prestar atención a las declaraciones de personas tan humildes. Nada, pues, que objetar a Dios. Si creemos en el Papa, por qué no creer en Bush. Ambos tienen las mismas pruebas para demostrar su familiaridad con el Ser Supremo, es decir, ninguna. ¿Pero por qué no nos ha conmovido esta revelación periodística? Pues porque la gente prefiere no mezclar las cosas. "Si usted se dedica a la política, olvídese de Dios", hemos venido a decir con nuestro silencio. Los países en los que la teología se confunde con la cosa pública son muy crueles con las mujeres y con los niños y con los pobres y con los animales.

La conquista más grande de las culturas de nuestro entorno no ha sido otra que la de separar la Iglesia del Estado. Si usted quiere creer en Dios, crea, pero no intente llevar su fe al ordenamiento urbano. Los Evangelios no deben influir en el trazado de las ciudades ni en la redacción de las constituciones. Ahora que tanto se utiliza la imagen de las comunidades de vecinos para ejemplificar lo que es una nación (qué mal salen paradas, por cierto, las naciones con este símil), imaginemos un edificio de apartamentos en el que para decidir en qué fecha se enciende la calefacción hubiera que consultar la Biblia, o el Corán. Pues no: cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Afortunadamente, los ciudadanos distinguen muy bien la religión de la política. De ahí que no haya sido necesario escribir un solo editorial sobre las pretensiones místicas de Bush. Tampoco nadie ha intentado demostrar que las declaraciones de Aznar sobre España (que, según él, se encuentra al borde del abismo) están equivocadas. Quiere decirse que también distinguimos entre salud mental y desastre psicológico. Increíblemente, pese al ruido ambiental, aún no hemos perdido la razón.

La Opinión de Zamora, 12-X-2005

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