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Cenizas. Juan José Millás

El té llega hirviendo a la mesa de trabajo, lo colocas al lado del ordenador y piensas: “Vigilaré cómo alcanza la temperatura que me permite beberlo sin quemarme”. Pero el brebaje se apacigua a traición. Basta con que entre un correo electrónico y cedas a la curiosidad de echarle un ojo, para que se te escape el instante en el que cruza la frontera entre lo ardiente y lo cálido. Como siempre, te lo has vuelto a perder. Así también la leche se calienta. Pones el cazo al fuego, piensas: “No dejaré de observarla hasta que hierva”. Pero hierve justo en el instante en el que cierras los ojos por culpa de un estornudo. Con malicia. Así viene y se va la noche; así el verano da paso al otoño, la adolescencia a la juventud y la juventud a la madurez. Así viene y se va la lluvia, vienen y se van las preocupaciones y el dolor lumbar. Así entras en el sueño y de ese modo sales de él a la vigilia. Observas detenidamente al recién nacido y antes de que te des cuenta ya está hirviendo, para luego, también a tus espaldas, enfriarse. Te lo encuentras en la calle, años después, le das la mano y la tiene helada. Cualquier miércoles te llaman por teléfono y está en el tanatorio. ¿Cuándo alcanzó Podemos el punto de ebullición en el que se encuentra ahora mismo? ¿Había alguien ahí para verlo? ¿En qué momento se enfrió el PSOE? ¿Cuándo Ana Mato dio el primer paso hacia el desastre? Con las columnas periodísticas sucede igual. Sabes cómo empiezan (“El té llega hirviendo a la mesa”, por ejemplo”), pero alcanzas el final sin explicarte cómo se produjo ese conjunto de asociaciones que le dieron cuerpo. La columna arde y se apaga en un parpadeo del lector. Esta frase que usted, si ha llegado hasta aquí, lee ahora mismo son sus cenizas.

EL PAIS, 28-XI-2014

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