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Carta. Juan José Millás

Querido Dios: espero que al recibo de ésta te encuentres bien. Nosotros, mal, como siempre, ahora por un asunto que quizá te interese y que no es fácil resumir en dos palabras. Resulta que una parte de tus fieles pretende que el Estado financie los gastos inherentes a una asignatura de religión. Como son gente muy belicosa, se les dijo en su día que de acuerdo, que las escuelas ofrecerían obligatoriamente esta materia, aunque sería voluntaria para los alumnos. En principio, parecía una solución equitativa, justa, porque ninguna parte imponía su voluntad a la otra. Pero ahora se han descolgado con que a los que no estudien Religión se les penalice de algún modo, para evitar deserciones. No conciben otra forma de difundir tu existencia que a través del BOE, en forma de decreto.

Qué raro que al cabo de los tiempos Dios vuelva a ser lo de siempre: un decreto, un proyecto de ley, una ordenanza impuesta a gritos desde un púlpito radiofónico en el que todos los días se crucifica a alguien en cumplimiento, una vez más, de aquella regla según la cual el crucificado se convertirá en crucificador. Los obispos, que no habían salido nunca a la calle, se han manifestado ya dos veces en lo que va de año, una para exigir a los homosexuales que abracen el celibato, y otra para convertirte en un precepto. ¿Es razonable que individuos que no se movilizan por nada, estando el mundo hecho un cristo (con perdón), se comporten así?

Y muchos piensan que mejor no quejarse porque ahora sólo gritan. Hace poco mataban. De hecho, todavía circulan por ahí versiones de ti en las que apareces como un sanguinario que disfruta viendo inmolarse a los suyos mientras siembran restaurantes, plazas o mercados de cadáveres. ¿Pero cómo va a querer Dios eso?, les preguntas y ellos te aseguran que sí, que eso es lo que quiere Dios, eso y la asignatura de Religión obligatoria. Estas letras, querido Dios, son para pedirte que les envíes una señal de que las cosas no son así (como dice el refrán, cada uno en su casa y Dios en la de todos). Pero no quiero despedirme sin trasladarte un par de preguntas de mi hijo: ¿Por qué has puesto el sexo tan cerca del culo y por qué hay obispos castrenses? Muchas gracias.

EL PAIS, 18-XI-2005

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