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Boñigas. Juan José Millás

La imagen de ese buque con el estómago lleno de gases resultaba extrañamente onírica. Nos obligaba a asociar un término relacionado con la vida (fertilizante) con una palabra asociada a la muerte (corrupción). El buque Ostedijk era, hasta ayer al menos, puro abdomen. Su cerebro, representado por el puente de mando, había devenido en un apéndice de su bodega. Mandaban los retortijones, las náuseas, los espasmos intestinales provocados por una carga que se fanatizó de manera espontánea. En situaciones así nos damos cuenta de lo que dependemos de los bajos. ¿Qué puede hacer un cerebro, por bien amueblado que esté, frente a una rebelión de 6.000 toneladas de boñigas de vaca puestas en pie de guerra química?

España nos recuerda un poco a esa nave lastrada por su aparato digestivo. Aquí estamos lastrados por una oposición que, lejos de fertilizar el sistema, fermenta a cien por hora. El buque se encuentra en buenas condiciones y navega a una velocidad de crucero razonable. Tanto es así que la mayoría de los europeos, según las encuestas, lo elegiría como primer destino de trabajo. Pero la oposición, en vez de conquistar el cerebro del sistema, se ha hecho fuerte en su estómago, donde lo lógico es producir más caca que ideas. Por eso no sabemos qué piensa el PP de la inflación, del PIB, del IPC, de la tasa de paro... A veces, aplica uno el oído, a ver qué dicen de estos asuntos capitales, y no escucha más que el rumor característico de la materia orgánica en descomposición.

Cuando no es Acebes es Zaplana y cuando no es Zaplana es Aznar, por no mencionar a Miguel Ángel Rodríguez, que deja su perfil genético en cada boñiga que expulsa por la boca. Mañana mismo, y después de que Rajoy asegurara que jamás se manifestaría contra una decisión judicial, salen a la calle para protestar por una sentencia del Tribunal Supremo. Rajoy actúa unas veces de cabeza y otras de estómago. Con una mano aviva la descomposición y con la otra enfría la carga. Acuciado al mismo tiempo por las exigencias del intestino y por las del encéfalo, va de un sitio a otro con la mirada perdida. "¡Viva el vino!", gritó incongruentemente el otro día, en un acto público. Que Dios le ampare.

EL PAIS, 23-II-2007

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