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Bienvenidos. Juan José Millás

Querido Partido Popular: bienvenido a la puta calle, a la pancarta, a la rima poética ingeniosa ("Dónde está / no se ve / al cabrón de Zetapé"). Dios quiera que le hayas cogido el gusto y vuelvas pronto porque la calle, contra la doctrina de Fraga, es de los partidos políticos y de los directores de cine y de los estudiantes y de los obreros y de los auxiliares administrativos y de los poetas y de los notarios y hasta de los registradores de la propiedad. La calle es de todos. En cuanto a las pancartas, basta con que sean verdaderas o agudas. Tampoco pasa nada si resultan un poco mordaces.

Temíamos, querido Partido Popular, que Aznar, en coherencia con su pensamiento filosófico y su rigor mortis, no pudiera salir. Por eso nos dio tanta alegría distinguir su Lacoste entre la multitud. Allí estaba, sí, hecho un pincel, detrás de una pancarta, como un verdadero radical. No sabe cómo le agradecemos que haya logrado radicalizar también a los blandos de Acebes, de Zaplana, de Rajoy; que haya logrado movilizar a la Conferencia Episcopal, desde cuya emisora de radio, hasta ayer mismo, no se escuchaban más que mensajes de paz bobalicones. Bienvenidos a la subversión, queridísimos obispos. Qué alegría este reconocimiento tardío de la calle, este milagro. Ya veréis cómo se os quita la pirosis, el ardor, la úlcera de duodeno. Lo mejor para la digestión es andar y todavía tenéis en el estómago, como una piedra, el 14-M.

Lo que estaría bien, querido Partido, es que ahora te retractaras de las cosas horribles que decías, hace apenas unos meses, de quienes salían a la calle, de quienes desfilaban detrás de las pancartas, de quienes coreaban consignas. No esperes 300 años, que es la media de la Conferencia Episcopal, para pedir disculpas. Bastaría con la publicación de una pequeña nota comentando lo interesante que has encontrado la calle y lo conveniente de que todos, incluido Fraga, la tomen dos o tres veces al año. No pasa nada. Y si te queda sitio, querido Partido, no dejes de añadir una posdata reconociendo de una vez por todas que te sentaste con los asesinos, que negociaste con ellos, que los halagaste diciéndoles cosas que da vergüenza reproducir. Rectificar es de sabios. Gracias.

EL PAIS, 10-VI-2005

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