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Autotransfusión de sangre. Juan José Millás

Interrogado acerca de los espantosos crímenes cometidos durante su dictadura por el ejército del que era comandante en jefe, Pinochet ha declarado que él no se ocupaba de cuestiones menores. Este caballero militar llama "cuestiones menores" a la mutilación de los prisioneros, a su sodomización, o a la aplicación de corrientes eléctricas en sus genitales. Tampoco se ocupaba directamente, pues detesta la calderilla burocrática, de asfixiarlos en bañeras llenas de sus propias heces, ni de arrojarlos vivos al mar para alimentar a los tiburones y deshacerse de sus cuerpos. Según estas declaraciones, hay que entender que Pinochet se ocupaba de las grandes magnitudes, de los grandes números, como acabamos de descubrir al destapar sus cuentas suizas. El honor militar, del que tanto habla, no le impidió forrarse los riñones de dólares mientras en los sótanos de sus cuarteles se reproducían escenas copiadas de los textos clásicos sobre el infierno.

El grado de maldad de este hombre es tal que habría que hacerle un control antidoping después de cada una de estas declaraciones. Uno se niega a creer que haya seres humanos capaces de decir las cosas que dice este sujeto sin haberse tomado algún alucinógeno. Quizá, antes de declarar, se inyecta un poco de su propia sangre para estar a la altura de las circunstancias. No es broma: hace poco han pillado a un ciclista dopándose con este curioso sistema que consiste en extraer una cantidad de sangre del propio cuerpo después de haber realizado un esfuerzo físico importante y congelarla. Días más tarde, cuando tienes que dar el do de pecho en la subida de la montaña, por ejemplo, te inyectas esa sangre, que tiene más oxígeno o más adrenalina de lo normal y sales disparado desde el primer metro. Pinochet solía utilizar en tiempos una capa de vampiro que daba de él una imagen perfecta para este tipo de prácticas. Quizá congeló durante su etapa de asesino en serie la sangre que ahora se transfiere para hacer frente a los interrogatorios. De otro modo no se entiende que llame cuestiones menores a lo que a usted y a mí nos parece el límite del horror. Qué mundo.

La opinión de Zamora, 28-IX-2004

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