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Atenuantes. Juan José Millás

Que Rajoy mintiera cuando estaba en el Gobierno, con los hilillos de plastilina, que siguiera haciéndolo en la oposición, y que se doctorara en la campaña electoral, está feo pero podemos entenderlo. Decidido a vengarse del mundo, que le había dejado caer, indiferente, en la condición de registrador de la propiedad, se aupó sobre el rencor al objeto de reparar la imagen que tenía de sí y recaló en la política. Hasta aquí resulta tan humano que cuenta con nuestra indulgencia. Después de todo hay gente que vendería su alma al diablo por una subsecretaría de mierda, incluso por haber escrito Los intereses creados,ya ves tú. Tras ganar las elecciones continuó mintiendo, sí, aunque no tanto para engañar a los votantes como para despistar a la prima de riesgo. Se comprende también. Si la realidad jugaba sin reglas, había que enfrentarse a ella con el todo vale que viene utilizando desde la oscuridad del búnker psicológico en el que permanece escondido. Cuenta en fin con multitud de atenuantes, como el que roba o mata bajo los efectos de un miedo insuperable.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, sus mentiras o bien carecen de objetivo, o bien no se nos alcanza. ¿Por qué hace unos días, verbi gratia, el rescate de los 100.000 millones de euros era una operación fabulosa, por la que debíamos felicitarnos, y hoy es una basura? ¿Por qué cogió un avión y se fue al fútbol para celebrar lo que en realidad nos perjudicaba tanto? Vale que diga y se desdiga todo el rato, vale que hayamos aceptado con una naturalidad increíble que se cague cada martes en lo que proclama solemnemente cada lunes. Pero como no nos hemos vuelto locos del todo, aunque estamos en ello, le pediríamos que sus embustes volvieran a gozar, si no de las típicas excusas morales o psicológicas de todo a cien, de alguna coartada de orden práctico.

 

EL PAIS, 22-VI-2012

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