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Así va todo. Juan José Millás

Los magos hacen 99 números con truco y uno sin truco. Los 99 con truco son para enmascarar el uno sin truco. Como el que asesina a siete personas con las que no tiene nada que ver para encubrir el crimen de su tía abuela. Lo que más miedo le da a un mago es que se le descubra el número que carece de trampa, pues lo lleva a cabo gracias a una facultad innata que no sabe a cuento de qué le ha tocado a él. Y que debe disimular: de otro modo, el número perdería, paradójicamente, toda su magia. Lo que nos gusta es el artificio, no sé si vamos explicándonos.

Cada vez que veo actuar a un mago, trato de descubrir cuál es, de los suyos, el juego sin truco. Unos lo meten en la mitad de la actuación, para que pase inadvertido; otros lo cuelan al principio, para que los espectadores se olviden de él. Muy pocos se atreven a cerrar su espectáculo con este número que serían incapaces de explicar frente a la policía o frente a un juez. Si tú fueras capaz de descubrirlo, podrías chantajear al mago durante el resto de su vida. Serías su dueño.

Hay asimismo poetas que publican un poema genial entre un conjunto de poemas, llamémosles, normales, con la intención de que el genial también parezca suyo. Y no es suyo: se lo han dictado los dioses. Pero de ese modo parece tan suyo como los otros. Según algunos matemáticos, el sistema métrico decimal surgió de la necesidad de justificar el siete, que en su día era el único número existente. Solo formando parte de una cadena podía atribuírsele algún sentido. Ahora, quizá por esa rareza, se le considera el número de la suerte. Y el espermatozoide que logra alcanzar el óvulo tiene que viajar mimetizado entre otros 300 millones, que son unos piernas, para parecer normal. Así va todo.

EL PAIS, 02-I-2015

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