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20 minutos. Juan José Millás

El médico y el paciente fingen que uno es médico y el otro paciente. Juegan, podríamos decir, a los doctores. Lo malo es que no intercambian nunca los papeles, que es como jugar a los indios y a los americanos pidiéndose ser siempre indio o siempre americano. Estaría bien que un presunto médico de los de a cuatro minutos la consulta cediera de vez en cuando su silla y su fonendoscopio a uno de sus presuntos enfermos de aquí te pillo y aquí te mato (nunca mejor dicho), por romper la rutina. Quizá el trámite resultara curativo, si no para el paciente, para el galeno. ¿Dónde le duele, doctor? Ahora no me acuerdo. Pues acelere, que han pasado ya siete segundos preciosos y tenemos cuatro minutos mal contados. Jugar a los médicos disponiendo de cuatro minutos carece de interés. No da tiempo ni a desnudarse. Por eso nadie juega ya a los médicos.

El doctor Rafael Lozano, entrevistado en el suplemento de Salud de este periódico, decía que, según la OMS, en una consulta que dura menos de 20 minutos ni el médico ni el paciente se enteran de lo que sucede. Hace poco recetaron deprisa y corriendo un collarín a una mujer que tenía un tumor en el cerebro. Ni ella ni el especialista se habían enterado de lo que ocurría, pero ella se murió.

Que se hubiera pedido ser médico, dirán algunos, sin advertir que los médicos hacen siempre el mismo papel porque tienen más conciencia de médicos que los pacientes de pacientes. Y el médico ha hecho una carrera, desde luego, pero el paciente ha tenido que correr mucho para contar su vida en dos minutos y dejar otros dos para el diagnóstico. No me atrevería yo a decir quién sabe más. Sobrecoge el tamaño de los hospitales de la Seguridad Social. Tanto gigantismo para qué. ¿Para qué, si ni el paciente ni el médico se enteran de lo que sucede ahí dentro? Si de lo que se trata es de jugar, estaríamos más a gusto en espacios familiares, sin pretensiones. Resulta preferible jugar a los médicos en un cuarto de estar de los de mesa camilla, pero con tiempo, que en una consulta futurista a todo trapo. Es como si construyéramos un reloj del tamaño del de la Torre de Londres que sólo tuviera un cuarto de hora. Los de la Plataforma 10 Minutos son realistas, pero poco ambiciosos.

EL PAIS, 20-IV-2007

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